12/11/2008

Agridulce

Ya no podía soportarlo más, sus gritos me traspasaban el cerebro y decidí cortar por lo sano antes de que fuera tarde, me puse los cascos, salí de allí y me deje llevar. ¿Sabes? No hay nada como dejarse llevar cuando uno está indeciso. Sientes que puedes llegar a equivocarte, sin embargo continúas la hazaña y resulta que la opción elegida es la adecuada en la mayoría de los casos. Y no soy precisamente la persona indicada para hablar de esto porque, si tenemos tiempo y ganas para contarlas, toda mi vida estaría llena de equivocaciones, sobre todo en aquellos momentos en los que me callé la boca, di la razón y lo dejé pasar. Pero en este caso no volví a caer. Por eso llegué a la tienda de gominolas del Señor Garbenter y me pedí un cazo entero de pepinillos, por lo menos, todo lo que me ocurrió a partir de ese momento fue un poquito menos agrio que lo que saboreaba dentro de aquella bolsita transparente.





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11/17/2008

Cabreo

Nunca hables mal delante de aquellas personas a las que no conoces. Y menos en Zamora.

Manuel trabaja los domingos en el kiosko que está a unas manzanas de mi casa. Hasta hoy nunca me había coincidido ir a verlo y eso que lleva todo el verano. Soy un desastre.
El establecimiento está bien y Manu se desenvuelve divinamente para que a la gente no le toque esperar, pero casi no tuvimos tiempo para estar un rato solos y poder hablar tranquilamente.
Después de un cuarto de hora allí apareció una familia: el padre, la madre y una niña pequeña.

El padre cogió El Mundo, la madre ojeaba revistas.

Sin embargo, la niña se quedó mirando hacia aquel cuento de la Bella y la Bestia que regalaban ese día con "La Opinión" y al rato le preguntó a su madre si podía comprarlo.
Manu y yo hablamos de lo que nos gustaba esa película de Disney y su madre finalmente accedió con bastante interés por aquel libro para su hija.
Cuando todos los productos que iban a comprar estaban encima del mostrador el padre, muy recto y serio durante su estancia en el kiosko, se acercó al libro que portaba la niña, miró el periódico con el que lo regalaban y, mientras Manu le cobraba, comentó:

- Joder, mira que gilipolleces tiene que regalar este periódico de mierda para que la gente lo compre.

Todas aquellas personas que me conocen saben que soy una persona pacífica, pero también tengo unos límites:

- Ya, ese periódico es una mierda para quien sabe lo justo sobre periódicos.

No hubo contestación, el hombre recogió el cambio y la familia salió del kiosko sin volver a pronunciar ni una palabra entre ellos.
No pretendo defender nada, sólo el derecho a la información. Sí, es un periódico local, pero en él trabajan cada día muchas personas y que, independientemente de que unas lo hagan mejor que otras todas tienen un objetivo común: que los clientes de kioskos se enteren de lo que ocurre en su ciudad.






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10/08/2008

Al viaje

El aire sabía a tomate en salsa picante y sal. Soltamos nuestros caros equipajes y nos montamos en aquella guagua llena de gente nueva hasta ese momento, por lo menos, para quienes no disfrutaron de su presencia en la fría península años atrás. Los mañicos y canarios nos saludaron con un aplauso, eterno, fuerte, que duraría cuatro inolvidables días. Rodando hacia el hotel me di cuenta de que el paisaje era muy diferente de lo que había esperado, los edificios simulaban casitas de muñecas coleccionables que competían por ocupar el puesto en primera línea de playa, pero su tierra era oscura hasta confundirse con la clara agua del mar.

En aquella isla eché de menos el color verde.

De las explicaciones que nos ofreció el guía durante el paseo, solamente recuerdo su dislexia y aquellas historias que acaban con anécdotas personales bastante graciosas. Aún recuerdo dónde vive su querida enamorada y ni siquiera la conozco. Tras la obligada información acerca de la zona más consumista de la ciudad llegamos a la recepción del Astoria y Manuel, un hombre de pelo blanco, ojos al estilo oriental y con una silueta que parecía describir sus pocas ganas de comer, nos atendió muy atentamente como era obligación del organizador del evento, mientras nos dio las instrucciones necesarias para tener una estancia tranquila y sin altercados. Lástima que siempre estemos distraídos en esa parte del discurso.

Pero fuimos chicos buenos.

Las hamacas estaban esperándonos junto a la piscina en el cielo de la isla, pero si hay algo que no llegamos a descubrir fue el querido jacuzzi dividido en días y sexos. Causas por las que ya no merecía la pena acudir. Al igual que el gimnasio, ambientado musicalmente para sudar, plagado de hombres-espalda y guardado por porteros de discotecas paraninfos. Y entre pimpones, squash y billares pasábamos las tardes nubladas, soleadas y lluviosas. Algunas con canapés, otras con mousses de plátano y chocolate o con móviles que pretendían darse un baño.

Los ascensores nunca se cierran si la gente lleva falda. Da igual hombres o mujeres.

Esta vez, la puntualidad para estar preparada y vestida en el rellano no fue conmigo en este viaje y las cintas y lentejuelas se entremezclaban en los dedos durante los desfiles y recorridos por las plazas. Pero todo salió bien, menos filas. Menos mi voz dos días después mientras caminaba por las dunas y saboreaba la arena.

El molino rojo cerraba sus puertas mientras me duchaba y vestía, cuando alguien llamaba por teléfono explicando que “lo mejor que te puede suceder en esta vida es que ames y seas correspondido” o picaban a la puerta para regalarte una camiseta genial. Aún así, los rodapiés celosos destrozaban meñiques a su paso.

Las niñas y algunos no tan niños han permanecido en el hotel casi las tres noches del viaje a la hora de salir de fiesta. Fallo y desilusión. Normal, yo también me hubiese quedado si mi baño estuviese lleno de espuma y jugara con patitos de goma. Aún así se salió, la primera, la segunda y la tercera, que fue la vencida.

La fiesta de Las Palmas, la música de hace años, la salsa y el merengue.

Nunca olvidaré mis inicios en los bailes latinos gracias al ritmo de los hermanos, grandes hermanos. Empecé con un cinco, pero llegué al ocho y medio. Sólo me falta otro viaje a la isla.

Y los bailes con Rubén “barra baja, el rubio”, por pensar que Carlos y yo hacíamos muy buena pareja sin darse cuenta que esa pareja era de nenas.

Las fotos con Ari, Conan y los músicos geniales. Ceferino en el rellano esperándome con su tarro de mojo picón que logré pasar en el equipaje de mano. Isabel, siempre sonriendo y atenta a nuestros bailes. Las chicas de Zaragoza, una por una hasta llegar a seis.

El corazón de los guanches, el murmullo de la brisa.

Las tiendas Bed´s, señal. Mar con piedritas y piedras y muchas carcajadas.

Ahora viajo rodeada de oscuro asfalto por todas partes menos por una. Y aunque el color sea algo parecido, aquel vergel siempre tendrá una belleza sin par, donde el sol siempre tiene rayos de oro y su pasodoble lo describe como si naciese cada día.

España tiene un Jardín.








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4/24/2008

El banco de la amistad

video








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4/06/2008

Sé lo que volveré a hacer...

Seis y media de la mañana, no me iba a dar tiempo a llegar a la estación. Los taxis no contestaban al teléfono y tampoco aparecían por las calles. A esa hora la ciudad parecía un lugar fantasma en el que sólo habitaban los basureros y una chica que llegaba tarde, además, el aire fresco matutino unido al sofoco me sacaba los típicos colores que odio en mi cara: pálida a la altura de los ojos, roja en los carrillos. Mis piernas actuaban mecánicamente mientras me acordaba de todos familiares de aquellos conductores, creadores de aquella escena que me sucedía camino de la estación.
Sí, empecé el día cabreada.

Al lado del autobús me esperaban Mery y Toño, fue en ese momento cuando me acordé dónde iba... y todo se me pasó.

Hasta los colores.

Desayuné mi zumo de naranja dentro del autobús, comentamos durante un momento cómo iría la jugada y después saqué los cascos dispuesta a dormirme con cualquier canción del nuevo disco de Calamaro.

Durante el viaje, cada vez que abría los ojos tenía delante de mis narices a“El corsario negro”, una película desconocida para mí (y me imagino que para muchos) hasta ese momento y que, por cierto, debería estar prohibida dentro del listado de DVDs de Auto-res, aunque funcionaba como verdadero somnífero.

Llegamos a Madrid, el autobús tenía que ir hasta la estación Sur y durante el trayecto suena el teléfono de Mery:
- Chicos, tenéis entrevista.

A mí se me había olvidado la grabadora después de que el día anterior hubiese perdido toda esperanza de poder entrevistar a Ángel Martín, pero sí, María Tri lo había conseguido. No teníamos nada de información en nuestras manos, ni Internet, ni portátiles. Sólo una libreta, un boli y un teléfono móvil.

Mientras esperábamos a Tere y Eva, que venían desde Salamanca, nos pusimos manos a la obra en la cafetería de la estación y entre las llamadas a redacción, “sí sí, esta pregunta está bien”, “Ángel ha hecho esto, esto y esto” y “Chicos, lo que se os ocurra”, escribimos exactamente eso, lo que se nos ocurrió.

Cuando ya estábamos todos, nos pusimos en marcha dirección Las Tablas, trayecto que duró más de lo esperado y que nos hizo llegar tarde, pero... tarde al aparecer allí… y tarde al encontrar el lugar. Caminamos en dirección contraria, preguntamos, dimos rodeos, corrimos durante tres cuartos de hora, nos perdimos de nuevo, Milagros nos guiaba, Eva se caía, Vodafone, Telecinco y… sí, por fin. "Ahí está la productora del árbol"
- Pero bueno, ¿qué rodeo habéis dado? El metro está calle abajo. Tranquilos, aún hay que esperar.
Bien, acabábamos de gastar fuerzas, tiempo y energía física. Pero no ilusión. Luego nos dimos cuenta de que, con el tiempo que esperamos allí dentro, podíamos haber dado ese rodeo andando durante dos horas más. Pero nos quedamos, contamos nuestro objetivo a Milagros y comimos los bocatas que con mucho gusto nos sacó a los invitados.

Conocimos a un tipo muy peculiar, tenía los mismos rasgos que el profesor de física de mi colegio, pero daba mala espina. Con cerca de cuarenta años se acopló a nosotros con la intención de poder ver a su musa Patricia si nosotros conseguíamos hablar con Ángel. Miedo y risas con aquel hombre.
También conocimos a las viejicas que nos habían dicho Sole y Sara. Las que van todos los días y se ríen escandalosamente en el programa. Vimos a la hija de Lolita, a los pequeños extras de El Internado con su uniforme, a… ¿los posibles chicos de la cueva?

Ana Tri me llamó desde Salamanca.
- Lucía, lo siento, Ángel sabía que ibais a ir pero los de producción no, por eso no lo han avisado de que estáis ahí, va a empezar el programa y después ya no puede porque tiene que ir al teatro. Lo siento. El lunes le hacéis la entrevista por correo electrónico .

Mi sonrisa se borró en ese momento, me acerqué a darles la noticia a los demás y, antes de decirles nada, Toño estaba pálido. Había pasado Pilar Rubio y él no había reaccionado para decirle algo.

Estábamos un poco decepcionados, pero fue entrar al plató y todo cambió.
Me encantó la tranquilidad de quienes trabajaban allí, la simpatía de Gonzalo el regidor, el público tan acogedor, Milagros dándonos agua…
Hay tantas anécdotas durante el programa que no sabría ponerlo aquí.

Puede que haya cosas que se me vayan olvidando poco a poco en mi memoria, pero una de ellas estoy segura de que no:
- Chicos ¿Puede bajar alguien de vosotros un momento?

Allí fui con nuestra salvadora de la agencia a conseguir intentar hablar con Ángel durante el momento en que salía en directo la entrevista de Pilar. Amablemente, Ángel me comentó acerca del tiempo del que disponía y rápidamente avisé a los demás para poder entrevistarle cuanto antes.

Ángel es una gran persona. Se considera serio y puede que en su trabajo lo sea, pero con los demás yo no lo creo. Desde mi punto de vista pude comprobar que su labia y su facilidad de palabra no eran los únicos motivos por los que había llegado hasta ahí. Él me pareció inteligente, una persona sencilla y con la que se puede hablar. A diferencia de quienes dicen que es un cabrón, yo para nada me llevé esa impresión. Su saludo, su forma de contarnos las cosas y su colegueo me hacen pensar que este chico va a llegar mucho más lejos. Lo sé.

A mitad de la entrevista sonaron unos tacones alejándose por el pasillo y Toño de pronto salió corriendo de la sala donde estábamos con Ángel. Tere fue detrás. ¿Quién sería?
Por lo que me contó Tere, Toño iba por el pasillo cual pantera corriendo en busca de una foto con aquella mujer. Pilar. Y afortunadamente la consiguió.
Durante el resto del día, cualquiera puede imaginarse como estaba nuestro querido amigo.
- No te culpo, no te culpo. Le dijo Ángel entre risas.

Lo habíamos conseguido, pero aún seguía el programa. Volvimos a nuestros puestos y terminamos de verlo, eso sí, mucho más eufóricos si cabe.
Le tocaba el turno a Dani Mateo y Tere no podía creerse que estuviese tan cerca… era… su chico.
La grabación de Ángel en el croma fue divertida. Se metieron con los pantalones de Dani y alguien entre el público realizó comentarios algo subidos de tono.


La verdad es que salimos de allí conociendo a una señora de la Zamora sanabresa de marido leonés, haciendo mil llamadas, sin creernos nada y perdiendo chaquetas por la calle.
María Tri no se lo creía, pero lo habíamos conseguido.
Paramos en el centro de Madrid, Sol, mimos, Gran Vía, músicos de un Jazz genial, musicales, café (con vainilla, avellana o caramelo)…
Y como no… Vips: krusty mediterráneo, quesadilla y hamburguesa con patatas. Todo delicioso. Todo el día fue delicioso.

La despedida en la estación me produjo un nudo en la garganta. Me negaba a ir. Volvimos recordando e intentando dormir, pero casi fue imposible.
Sólo puedo dar gracias, gracias a todas las personas que estuvieron presentes ese día (incluso el taxista que nunca llegó) porque mi cumpleaños en 2008 fue el 4 de abril, no me equivoqué. Como tampoco me equivoqué de carrera.

3/07/2008

acuérdate

2/22/2008

ZamorAmor (I)

La camarera de aquel tranquilo bar.


Abro la puerta, el sonido de aquella música me tranquiliza. Hacía mucho tiempo que no sentía esa sensación de calma y paciencia entre la gente al entrar en un lugar público. Será el tiempo que he pasado sin frecuentar esos lugares debido a mi obligada reclusión del febrero universitario… o será la compañía.
Nunca me había fijado en las lámparas, no hacen juego con el resto del mobiliario, sin embargo, me vuelvo a centrar en los sonidos del bar. El tono de las voces no sobrepasa al de aquel jazz lento, tan lento que parece moverse al ritmo de los pasos de la mujer que atiende cuidadosamente a los clientes mientras les procura un posavasos por cada caña o refresco. Esa camarera es nueva en este sitio, me llama la atención. Nunca la he visto sonreír, pero tampoco es grosera. Por su físico, diría que tiene unos 25 años y pocas ganas de comer. Ahora ha salido de la barra.
Nos trae las cervezas.

Creo que ya sé porque me he fijado tanto en ella, es su mirada, no sé cómo explicarlo, pero me transmite una profunda amargura que me lleva a pensar si estará bien.
¿Qué estará pensando mientras limpia esos vasos?
Ahora ha salido su jefe. No se han hablado. Mi compañero me está contando cómo le ha ido el día y no estoy escuchándole, sólo me dedico a mirarla.
Me encantaría poder hablar con ella.

Poco a poco se hace de noche en Zamora, las mesas se van quedando vacías y nosotros nos levantamos para pagar la cuenta, pero observo que debajo de la barra hay tirado un carné de identidad y me paro a recogerlo. Es el de la camarera, lo había perdido mientras barría bajo los taburetes.
Mientras me acerco a entregárselo, veo en el dorso que es de Madrid. Cuando se lo entrego, sin yo haber dicho ni una palabra, comienza a hablarme.

La camarera y su padre vinieron a Zamora para ocuparse del bar, pero están enfadados porque ella no quiere estar aquí, echa de menos su gente y no le gusta la ciudad. Desea irse cuanto antes.
Yo le contesto que aquello que decida estará bien para ella. También le cuento lo que mi compañero y yo vamos a hacer esta tarde, la obra que vamos a ver en el Teatro Principal, la cena que nos pegaremos en la zona de los pinchos y si se alarga la noche, la bajada por algún bar de Los Herreros.
Le ofrezco la idea de poder venir con nosotros.
La camarera sonríe y sus ojos parecen enormes y brillantes estrellas.
Le ha encantado la idea. Sin dudarlo, va a venir.


Lucía Mateos Pérez